Coahuayana, el polvorín: una década de guerra entre autodefensas y el CJNG sin salida a la vista

"¡Nosotros no nos estamos peleando, estamos resistiendo!". La frase indignada de Héctor Zepeda, 'El Comandante Teto', retumba en el teléfono minutos después de que un coche bomba hiciera volar parte del cuartel de la Policía Comunitaria de Coahuayana, Michoacán. Cuatro policías comunitarios muertos. Zepeda, también conocido como 'El Abuelo', lleva más de una década en esta lucha. Su cansancio es el de una comunidad entera atrapada en un fuego cruzado que el gobierno federal no ha logrado, o no ha querido, apagar. Coahuayana no es una noticia aislada; es el síntoma de una política de seguridad fallida.
Autodefensas: de solución improvisada a blanco permanente
Los grupos de autodefensa surgieron en Michoacán hace años como una respuesta desesperada de poblaciones abandonadas por el Estado a la violencia de los cárteles. En un inicio, recibieron cierto reconocimiento tácito e incluso apoyo. Pero con el tiempo, la línea entre defensores y nuevos actores de poder se fue desdibujando. Hoy, para el CJNG, son un obstáculo en su ruta de expansión y control territorial. Para el Estado, son un incómodo recordatorio de su fracaso.
El ataque con coche bomba —un método terrorista que refleja la sofisticación y brutalidad del enemigo— no es un acto aleatorio. Es un mensaje claro: la resistencia tiene un costo altísimo. La Policía Comunitaria de Coahuayana no es un ejército, son vecinos armados con escaso entrenamiento y recursos, enfrentando a una de las organizaciones criminales más poderosas del mundo.
- El conflicto se ha intensificado, mostrando la incapacidad para 'recomponer el tejido social', un eslogan vacío en la realidad.
- La estrategia de 'abrazos, no balazos' se desvanece frente a la lógica de guerra del CJNG.
- Las comunidades quedan en una trampa: entre el yugo del cártel y una resistencia que las expone a represalias brutales.
El Estado, el gran ausente en el polvorín
La narrativa oficial suele hablar de 'reconstrucción del tejido social' y 'paz'. Pero en el terreno, en el polvorín de Coahuayana y decenas de municipios de Michoacán, Guerrero y el Estado de México, lo que hay es una guerra de desgaste. El Estado aparece de forma esporádica, con operativos que no dan seguridad permanente, o con intentos de cooptación y desarme de las autodefensas que solo dejan a las comunidades más vulnerables.
¿Dónde está la Guardia Nacional? ¿Dónde está la inteligencia para desarticular las células del CJNG? Las preguntas se repiten desde hace años, y las respuestas son siempre las mismas: promesas, estrategias en papel y una realidad que se mide en ataques, desplazados y fosas clandestinas.
Conclusión: Resistir no es vivir
La valentía de 'El Comandante Teto' y su gente es indudable. Pero una sociedad no puede basar su seguridad en la resistencia heroica de sus ciudadanos. El agotamiento de Zepeda es el agotamiento de un modelo fracasado. Michoacán, y México, necesitan que el Estado asuma su monopolio legítimo de la fuerza de manera efectiva, no retórica.
Coahuayana arde hoy. Mañana será otro pueblo. El ciclo de violencia solo se romperá cuando la estrategia de seguridad deje de ser un discurso para convertirse en una acción coordinada, constante y, sobre todo, presente en los territorios donde la vida vale menos que un plomo. Mientras tanto, los ciudadanos seguirán 'resistiendo', que es una forma trágica de decir 'sobreviviendo'.


