México mira a Venezuela: entre la no intervención y el temor a un nuevo desastre regional

Desde la distancia geográfica pero la proximidad histórica, México observa la crisis venezolana con una mezcla de preocupación y incomodidad. La tradición diplomática mexicana, cimentada en la Doctrina Estrada y el principio de no intervención, choca con la realidad de una escalada que amenaza con desestabilizar aún más a una región ya de por sí convulsa. Para el gobierno de Claudia Sheinbaum, el conflicto entre Trump y Maduro es un dilema perfecto: cualquier pronunciamiento fuerte lo alejará de algún sector, ya sea la izquierda doméstica simpatizante del chavismo o los pragmáticos que temen enemistarse con Washington.
El silencio incómodo y la sombra migratoria
México ha mantenido, en general, un perfil bajo. No se ha sumado a las sanciones occidentales, pero tampoco ha dado un apoyo explícito al gobierno de Maduro como en tiempos de López Obrador. Es una posición de "neutralidad activa" que busca no quemar puentes. Sin embargo, esta cautela podría volverse insostenible si estalla un conflicto abierto. Las consecuencias para México serían directas y severas: una nueva y masiva ola migratoria venezolana, inestabilidad en los precios del petróleo, y la activación de un conflicto geopolítico en su vecindario inmediato.
La cancillería mexicana sabe que su capacidad de influencia en el conflicto es limitada. No es Noruega, que sirvió de facilitador en diálogos pasados. Tampoco tiene el peso de Brasil o Colombia. Su principal capital es ser un actor relativamente neutral, pero ese capital se deprecia rápidamente si se percibe que su neutralidad es complicidad con uno u otro bando.
- México tiene intereses económicos en juego (relaciones comerciales con EE.UU. y presencia de empresas mexicanas en Venezuela).
- Debe balancear su relación con el gobierno de Trump, crucial para el T-MEC y la seguridad, con su histórica postura soberanista.
- El fantasma de una intervención militar estadounidense revive traumas históricos de la doctrina Monroe.
¿Puede México ser un puente? Probablemente no
Algunos sectores han sugerido que México, con su tradición diplomática, podría mediar. Es una idea romántica pero poco realista. La confianza entre Washington y México está lejos de ser óptima, especialmente en temas migratorios y de seguridad. Caracas, por su parte, ve a los gobiernos mexicanos recientes con desconfianza, acusándolos de dobleces. Además, la administración Trump no está interesada en la mediación; está interesada en la rendición incondicional o el cambio de régimen.
El papel más realista para México es el de prepararse para las consecuencias. Eso significa fortalecer su sistema de asilo y refugio (ya saturado), planear escenarios de crisis energética y, en privado, presionar a ambos bandos por la desescalada, aunque sea a través de canales discretos. La diplomacia silenciosa, sin titulares, podría ser su única herramienta útil.
Conclusión: Atrapado en la tormenta ajena
México no quiere la guerra en Venezuela, pero tiene poco poder para evitarla. Su política exterior, definida por la prudencia y el no alineamiento, se enfrenta a su prueba más dura en años. La crisis venezolana no es un asunto lejano; es una amenaza tangible a la estabilidad regional y a los intereses nacionales.
El gobierno de Sheinbaum probablemente continuará con su línea cautelosa, emitiendo declaraciones genéricas a favor del diálogo y la solución pacífica, mientras cruza los dedos para que la tormenta pase de largo. Pero en la geopolítica, las tormentas rara vez se desvían. México podría pronto encontrarse no solo como espectador, sino como receptor de los escombros humanos y económicos de otro conflicto en su continente. En ese escenario, la neutralidad dejará de ser una opción cómoda para convertirse en un lujo imposible.


