Plan de EE.UU. para Venezuela: Un manual de colonización moderna

La diplomacia estadounidense ya no se molesta en disimular. Marco Rubio, el secretario de Estado de la administración Trump, ha presentado ante el Congreso un plan detallado para Venezuela que, más que una hoja de ruta, parece el manual de instrucciones de un administrador colonial. Dividido en tres fases pomposamente tituladas 'estabilización', 'recuperación' y 'transición', el documento deja claro quién manda y quién obedece en esta nueva etapa.
El virreinato de Rubio
No es sorpresa. Rubio, un histórico halcón en temas venezolanos, ha visto cumplida su obsesión personal. Pero más allá del fanatismo ideológico, lo que se dibuja es una estructura de poder. Washington no confía en que los actores locales, ni los nuevos ni los viejos, puedan o quieran pilotar el barco según la carta de navegación norteamericana. La 'tutela' es, en realidad, un control férreo.
La primera fase, la 'estabilización', tiene un objetivo claro: garantizar el flujo de petróleo. No se trata de salvar la economía venezolana, sino de asegurar un recurso estratégico y, de paso, enviar un mensaje contundente a otros proveedores globales. La 'recuperación' y la 'reconciliación' suenan bien en el papel, pero en la práctica significarán imponer una agenda económica de shock y silenciar, con el pretexto de la unidad, cualquier voz disidente que cuestione el nuevo orden. La 'transición' hacia elecciones es la cereza del pastel: un proceso electoral vigilado, con candidatos convenientes y resultados predecibles.
Las crudas realidades detrás del eufemismo
Hablar de 'fases' es un ejercicio de abstracción que ignora la carnaza de la realidad. Ignora los cuerpos todavía calientes de militares y civiles caídos en la operación de captura. Ignora el trauma de una sociedad fracturada que ahora debe aceptar a sus nuevos amos con una sonrisa. Ignora, sobre todo, la soberanía, ese concepto incómodo que tanto molesta a las potencias cuando hay recursos de por medio.
El plan es crudamente realista en un aspecto: evidencia que EE.UU. no piensa irse pronto. La 'estabilización' puede durar años, la 'recuperación' décadas. Es el tiempo necesario para desmantelar todo rastro del chavismo y reconstruir las instituciones a imagen y semejanza de los intereses estadounidenses. Venezuela se convierte, así, en un laboratorio de ingeniería política y económica forzada. El experimento, como todos, tendrá un costo humano estratosférico. Y los cobradores estarán en Washington.