La travesía guadalupana por el Paso de Cortés: fe, fatiga y volcanes

No es un paseo dominical. Es una odisea de fe, sudor y ampollas. Miles de peregrinos, en su mayoría de Puebla y Tlaxcala, emprenden cada diciembre la caminata ritual hacia la Basílica de Guadalupe. El tramo más emblemático y agreste: el Paso de Cortés, el collado que separa a los gigantes volcánicos Popocatépetl y Iztaccíhuatl. Aquí, a más de 3,600 metros de altura, la devoción se mide en kilómetros recorridos bajo un sol inclemente o un frío que cala los huesos, cargando pesadas imágenes de 'la Morenita'. Es un México profundo y resistente, que poco tiene que ver con los debates políticos de la capital.
La manda que mueve montañas (o las cruza)
Para estos peregrinos, la caminata no es opcional; es una promesa, una manda. Puede ser por un milagro concedido, por una petición pendiente o por tradición familiar de décadas. Caminan grupos enteros, comunidades unidas por el ritual. Llevan estandartes, imágenes de la Virgen adornadas con flores y luces —que pueden pesar hasta 20 kilos— y una determinación que desarma.
El recorrido total desde sus pueblos puede superar los 130 km. El Paso de Cortés, de unos 15 km de subidas, bajadas y senderos boscosos, es la prueba de fuego. No hay comodidades. Hay frío, piedras, cansancio extremo y la omnipresente sombra del Popocatépetl, que a veces recuerda su poder con fumarolas. Esta peregrinación es un acto de humildad y sacrificio en un mundo que privilegia la velocidad y el confort.
- Es una tradición que consolida la identidad comunitaria, creando 'familias' entre vecinos.
- El esfuerzo físico es parte integral de la ofrenda; sin dolor, no hay ganancia espiritual.
- Contrasta con la imagen urbana y a veces comercial de las visitas a la Basílica.
El Estado ausente (y quizás, mejor así)
A diferencia de otros eventos masivos, aquí no hay un operativo gubernamental protagónico. Los peregrinos se organizan solos. Llevan su comida, planean sus paradas, se auxilian entre ellos. Hay una autonomía conmovedora y eficiente. La intervención estatal se limita a algún puesto de vigilancia o auxilio vial en los accesos. En este contexto, la ausencia del gran hermano gubernamental no se percibe como abandono, sino como un respeto tácito a una tradición que se ha sabido cuidar a sí misma.
Esta autogestión es un microcosmos de cómo muchas comunidades en México resuelven sus necesidades: con cooperación, con esfuerzo propio, con una resiliencia que nace de la necesidad y la fe.
Conclusión: El México que camina
Mientras en la Ciudad de México se debaten leyes, escándalos y presupuestos, otro México, silencioso y masivo, camina. Avanza paso a paso, con los pies doloridos y la mirada puesta en el Tepeyac. Su viaje no sale en los noticiarios de prime time, pero es una de las manifestaciones culturales y religiosas más poderosas del país.
La peregrinación por el Paso de Cortés no es solo un acto religioso; es una afirmación de identidad, un ejercicio de resistencia física y una lección de organización social desde abajo. En un país fracturado por la violencia y la polarización, ver a estas columnas humanas avanzar con un propósito común, ayudándose unos a otros, ofrece un destello de un México que aún cree en algo más allá de sí mismo, y que está dispuesto a sudar y sufrir por ello. Eso, en sí mismo, es un milagro terrenal digno de contemplación.


